Atrapados en el prototipo, o la brecha de la implementación

He escrito mucho en esta casa sobre la cultura del prototipado. Me creo de verdad que trabajar con prototipos nos abre a un sinfín de posibilidades. También nos libera de la obsesión por el control y de un tipo de perfeccionismo poco saludable. Ya expliqué en un post anterior que los prototipos son por definición una muestra de humildad, porque su provisionalidad deja patente que la solución es incompleta y susceptible de muchas mejoras a través de la validación colectiva.

Al mismo tiempo, vivo en un dilema, que probablemente no es tal. El dilema quizás sea falso, porque en lugar de “O” puede ser “Y”, pero sí que sugiere cierta contradicción, o quizás la palabra más adecuada sea “tensión”, entre dos momentos que tienen unas exigencias bien diferentes.

Me explico:

La cultura del prototipado nos lleva al Beta Perpetuo, lo que quiere decir que siempre estamos abiertos a cambiar cosas. Eso está bien, porque combina especulación creativa con práctica reflexiva, pero en algún momento hay que salir del modo laboratorio y estabilizar cosas. Si queremos escalar y tener impacto significativo, hay que consolidar.

En esta entrada ya compartí mi temor de quedarnos atrapados en la iteración de prototipos a pequeña escala e intramuros, en el “piloto” eterno, y decía que eso lo he visto mucho, porque prototipar se ha vuelto algo relativamente barato y da una extraña sensación de que estas cambiando algo sin (a menudo) cambiar realmente nada. Esto se agrava con la tendencia de una escuela mayoritaria del Design Thinking (muy “thinking” y poco “doing”) que se empeña en convertir esta metodología en un mero festival de post-it, en mucha creatividad y poca innovación. Así que es posible que la carencia mayor la tengamos ahora en la implementación, en sistematizar procesos, en el escalado, en extender lógicas participativas que se integren de forma natural en las actividades cotidianas…